Hay caminos que no figuran en los mapas, pero siguen vivos bajo el polvo, esperando a quien se atreva a escucharlos. Caminos que fueron arterias de un país que se hizo andando, a golpe de herradura, de mulas cansadas y de hombres que medían las distancias por jornadas y soles, no por kilómetros.
El Camino de Valencia a Salamanca, que unía la vieja Castilla con el Levante, es uno de esos senderos. Por él transitaron correos del rey, clérigos errantes, arrieros y aventureros, llevando no solo mercancías, sino ideas, noticias y esperanzas. Hoy apenas sobrevive entre urbanizaciones, carreteras y prados roturados, pero su rastro aún puede seguirse, como una cicatriz luminosa sobre la piel del tiempo.






